Desde hace muchos años acostumbro a salir al campo a patear. Muchas de las veces me desplazo en moto, lo que permite que pueda coger pistas que no suelen estar frecuentadas y caminar disfrutando de la soledad que me regala el monte.
Normalmente estas salidas llevan aparejadas una buena comida. Según el día, o las ganas que tenga de cocinar, o los planes que pueda tener previstos, o bien acabo picando algo en cualquier bar; o preparo una tortillita, unos bocatas y unas latitas de cerveza y pa'lante; o preparamos una barbacoa en alguna zona de recreo.
En los últimos años, me he encontrado poquísima gente frecuentando estos merenderos. Algún que otro domingo, nos ha tocado compartir paellero con otro grupo, pero han sido los menos. Normalmente sobran porque, con la excepción de algún sitio que sí suele ser frecuentado, los que se encuentran más alejados de la capital, en zonas de montaña, suelen estar bastante olvidados. Lo que hasta ahora era un lujo.
Pero eso se ha acabado. Se acabó la tranquilidad que supone estar comiendo en una zona donde únicamente están los tuyos y poder disfrutar de la montaña, con el respeto que ello supone.
A partir de ahora, volveremos a estar rodeados de familias gritonas, cargadas de bultos inncesarios (y sin lo necesario) y de niños chillones y "porculíticos" dándole pataditas al balón justo al lado de donde tú estás intentando comer con tranquilidad.
Este domingo me fui a "buscar" cerezas. Una zona preciosa llena de árboles, lavaderos y fuentes. Y, oh, sorpresa!, estaba todo lleno de gente. Los merenderos estaban plagados de neveras, fiambreras, sillas de playa, niños gritando, señoras gordas gritando más todavía y hombres tumbados a "la bartola" bajo la generosa sombra de algún árbol.
¿Será la crisis? No lo sé. pero hasta ahora, para la mayoría de la gente, ir al campo un domingo suponía, como mucho, ir a comer al restaurante de algún pueblo,dando una vuelta a la plaza del mismo, a lo sumo. Ir a pasar un fin de semana, suponía alquilar una casa rural (porque eso estaba muy de moda), pero eso sí, sin alejarte demasiado.
Y sí, ya sé que no soy propietaria de nada y que el monte no me pertenece, pero también sé cómo se suelen quedar estas zonas: llenas de basura, con cristales esparcidos por el suelo, el mobiliario urbano o las vallas destrozadas para poder encender el paellero porque no son capaces de andar unos kilómetros en busca de leña, y alguna cosa que otra más.
Porque la tranquilidad en el monte se ha acabado. Se acabó el escuchar el sonido del viento entre los árboles o el rumor del agua en los arroyos.
Tiembla, monte, porque las neveras y las fiambreras han regresado.
Tiembla, monte, porque las neveras y las fiambreras han regresado.
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Son todo habladurías....